Cada vez que hacemos mercado tomamos decisiones que, aunque parecen pequeñas, influyen en el sistema alimentario: qué comprar, dónde hacerlo, con qué frecuencia y cuánto gastar. En conjunto, esas elecciones alimentan (o frenan) la demanda de productos regionales, determinan precios y definen qué tan fácil es comer fresco y a buen costo.

Para entender y mejorar esa conexión entre campo y ciudad, el proyecto Aliméntate de Región impulsa la construcción del Sistema de Abastecimiento Regional Agroalimentario (SARA) y su Plan de Abastecimiento a Escala Regional. 

La iniciativa es liderada por la Región Metropolitana Bogotá-Cundinamarca (RMBC), la RAP-E Región Central, la Secretaría Distrital de Desarrollo Económico de Bogotá (SDDE) y la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO). ¿El objetivo? Lograr satisfacer la demanda urbana con la oferta alimentaria regional con información y acuerdos que hagan el sistema más transparente, justo y estable.

La apuesta no es solo producir más, sino comprar mejor: reducir incertidumbre sobre precios y temporadas, disminuir pérdidas en el transporte, y hacer visibles los costos reales entre la finca y la mesa. Cuando la información es pública y comparable, el mercado responde: productores planifican, comerciantes ajustan rutas y los hogares pueden elegir con más criterio.


Una región que produce gran parte de lo que comemos

Aunque no siempre lo parezca al pagar, buena parte de la comida viene de cerca. En Corabastos, la principal central mayorista de Bogotá, se movilizan diariamente entre 5.000 y 7.000 toneladas de alimentos; de ese total, el 42% proviene de Cundinamarca y el 28% de Boyacá, según el Informe de Seguridad Alimentaria de la RMBC (Boletín mensual, diciembre de 2024).

De otro lado, de acuerdo con el Sistema de Información de Precios y Abastecimiento del Sector Agropecuario (SIPSA) del DANE los departamentos que integran la región central (Bogotá, Cundinamarca, Boyacá, Meta, Tolima y Huila) aportan el 44% de los alimentos que llegan a las centrales mayoristas del país, con predominio de hortalizas, tubérculos y frutas. El SIPSA no solo registra cuánto entra a las centrales de abastos del país, también monitorea precios mayoristas y variaciones diarias, es un termómetro útil para entender por qué un producto sube o baja de una semana a otra.

En este panorama, la demanda también se concentra. Bogotá y los municipios colindantes representan el 69% del consumo de alimentos de la región central (Informe de la RMBC). Por eso, lo que ocurre en la compra diaria en la ciudad tiene impacto regional. Si la demanda se inclina por alimentos frescos, de temporada y de origen cercano, se fortalecen cadenas más cortas; si se concentra en ultraprocesados o en productos fuera de temporada, el sistema se encarece y pierde eficiencia.

En otras palabras, gran parte de lo que comemos se produce a pocas horas de nuestras casas; pero entonces, ¿por qué muchas veces no lo sentimos así en el precio, en la frescura o en la estabilidad de la oferta?

¿Por qué lo local a veces sale caro? El viaje del alimento

Un alimento casi nunca llega directo del campo al plato. Entre la finca y la mesa suele haber transporte, almacenamiento, mermas por manejo y varios márgenes de intermediación. De acuerdo con el último boletín de 2024 Hechos Metropolitanos del Observatorio de la Región Metropolitana, en promedio, cada alimento pasa por cuatro intermediarios, lo que puede generar incrementos de hasta un 80% el costo para el consumidor final.

Cada parada suma costos en peajes, combustible, tiempos de espera, clasificación, empaques y pérdidas por manipulación; temas que en un sistema tan grande como el de Bogotá, incluso pequeñas ineficiencias se convierten en dinero. El resultado es una paradoja conocida: el consumidor paga más y el productor recibe menos.

Por eso, uno de los mitos que el SARA busca desmontar es que los alimentos son caros porque el productor gana mucho. En realidad, el precio final suele crecer en el camino debido a costos logísticos, la intermediación, el transporte, y la falta de información clara entre quien produce y quien compra. Cuando no sabemos el origen, la temporada o el precio de referencia, negociamos a ciegas.

Y el costo no se mide solo en pesos: hacer mercado, cocinar y organizar la alimentación del hogar exige tiempo, planificación y acceso a opciones frescas cerca de casa. En la práctica, muchas familias terminan comprando lo más cercano y rápido, no necesariamente lo más nutritivo o lo más conveniente.
Canales directos: menos paradas, más frescura y menos costos

Una parte de la respuesta está en fortalecer los circuitos cortos de comercialización: cuando el alimento viaja menos, suele llegar más fresco y el ingreso va de forma más directa a quien produce, mientras que a la vez genera desarrollo territorial. Ejemplo de ello son los mercados campesinos, que en Bogotá han aumentado en los últimos años, tanto en presencia como en cobertura; según la SDDE, entre octubre de 2020 y diciembre de 2023 se realizaron 1.537 mercados campesinos, de estos (solo en 2023) fueron 640 jornadas en 111 puntos diferentes de la ciudad, con un promedio de 20 productores por mercado.

A estos se suman plazas de mercado, tiendas de barrio que abastecen con producto regional, puntos de venta directa y compras institucionales (colegios, comedores, hospitales) que, cuando priorizan alimentos de la región, son rutas que reducen las distancias, ayudan a estabilizar los precios y hacen que el campo cercano tenga compradores más constantes.

Fortalecer estos circuitos no depende solo del campo o de las instituciones, depende también de que la ciudadanía los incorpore como parte habitual de su mercado.

Estos canales solo funcionan si tienen compradores constantes. Volverlos parte del mercado semanal -y preguntar por el origen y la temporada- es una forma simple de apoyar al campo cercano y mejorar lo que comemos. Tip de hábito útil: combine una compra grande en plaza/mercado campesino con reposición en la tienda del barrio, así reduce traslados y desperdicio.
Demanda con impacto: ¿qué estamos comprando realmente?

Aunque la región produce hortalizas, tubérculos y frutas, el consumo urbano muestra una desconexión creciente con la producción local. Esa desconexión tiene efectos visibles: precios inestables, mayor dependencia de intermediarios, pérdida de la biodiversidad alimentaria y dietas menos saludables.

Cada decisión de consumo envía una señal al mercado. Cuando más personas priorizan alimentos regionales, de temporada y adquiridos en canales directos, se fortalecen los circuitos cortos, se reducen costos logísticos, se estabilizan los precios y se promueve una producción más saludable y sostenible. Lo contrario también aplica: si dejamos de comprar ciertos productos frescos, desaparecen de la oferta o suben por escasez.

Tres acciones sencillas pueden marcar la diferencia en el bolsillo y en la mesa, y una cuarta que ayuda a que la compra rinda más:
Priorizar alimentos de temporada (suelen ser más abundantes y a mejor precio).
Elegir canales directos (plazas, mercados campesinos, puntos de venta de productores, e-commerce como el que ofrece Sumercé, de la RAP-E Región Central).
Preguntar por el origen: una pregunta corta puede cambiar la ruta de compra.
Planificar para reducir el desperdicio: compre lo que va a usar y aproveche lo que ya tiene en casa.
Una guía rápida para la semana: elija 2 frutas, 2 verduras, 1 tubérculo y 1 leguminosa como base, y a partir de ahí arme combinaciones. Con una lista corta y repetible, el mercado se vuelve más barato y menos estresante.


Otro truco de consumo responsable: compare precios por kilogramo (no por empaque), revise el estado del producto y priorice las compras que pueda cocinar o consumir en 48-72 horas. Si compra al por mayor, planifique cómo conservar (refrigerar, congelar, transformar en sopas o salsas) para que lo barato no termine en la basura. Y en la lonchera, evite las bebidas azucaradas: el agua y las frutas frescas suelen salir mejor para el bolsillo y la salud.
Loncheras saludables: el gancho perfecto para consumir mejor

Si hay un lugar donde la demanda se construye todos los días, es la lonchera. Lo que empacamos hoy define hábitos, salud y también el tipo de alimentos que el mercado ofrecerá mañana. Una fórmula simple para armarla: 1 fruta, 1 alimento energético (tubérculo o cereal), 1 proteína (huevo, queso o leguminosa) y agua. Si puede, sume 1 verdura cruda (zanahoria, pepino) para ganar fibra y dar saciedad.
Ideas rápidas con sabor de la Sabana (fáciles de repetir o alternar):Papas criollas energéticas: cocine 6 papas criollas (al vapor o al horno) y acompañe con 1 huevo duro y palitos de queso campesino.
Yogurt de la Sabana con fresas: mezcle yogurt natural con fresas picadas y 1 cucharada de avena. Este es un snack que aporta calcio y vitamina C.
Sándwich Verde Sabana: pan integral con pollo desmechado, espinaca fresca y tomate. Cambie la lechuga por espinaca para sumar hierro y fibra.
Arepa con cuajada y uchuvas: ase la arepa con cuajada y acompañe con uchuvas. Combina energía, proteína y fruta en una sola receta.
¡Tip de compra! En febrero y marzo llega la cosecha de fresa, papa criolla y hortalizas de la Sabana. Comprar alimentos de temporada ayuda a ahorrar y a reducir desperdicios. Si quiere planear mejor, consulte los calendarios de cosecha y boletines de precios (como los que publican la UPRA y la Secretaría de Agrocampesinado de Cundinamarca en sus sitios web).

¿Qué es el SARA y qué viene con el Plan de Abastecimiento?

El SARA (Sistema de Abastecimiento Regional Agroalimentario) reúne análisis y acuerdos para mejorar cómo se abastece y se alimenta la región metropolitana. En el segundo semestre de 2026, el proyecto presentará el Plan de Abastecimiento Alimentario a Escala Regional, una hoja de ruta para conectar mejor la producción con el consumo y reducir costos e ineficiencias.
Acercar la oferta regional a la demanda urbana e institucional (incluida la compra pública).
Reducir intermediación innecesaria y pérdidas en la cadena.
Fortalecer circuitos cortos, mercados y alianzas comerciales más directas.
Mejorar los sistemas de información para productores, comerciantes y consumidores.
Consolidar canales más justos, estables y sostenibles para el abastecimiento de Bogotá-Cundinamarca.

La meta es clara: que los alimentos de la región lleguen mejor, cuesten lo justo y alimenten de forma saludable a la población, con más transparencia sobre lo que pasa entre la finca y la mesa.

¡El sistema de abastecimiento agroalimentario empieza en su mesa! Cuando elige qué comprar, dónde hacerlo y a quién apoyar, está participando en el futuro del campo, de la ciudad y de la alimentación.